Nueva publicación disponible: la Crítica al Programa de Gotha por Marx

Al breve texto polémico de Marx que presentamos al lector se deben algunas de las más conocidas  máximas del marxismo, como “¡De cada cual según sus posibilidades; a cada cual según sus necesidades!”. Es en este escrito además que Marx expone la diferencia entre socialismo y comunismo y el concepto de “dictadura del proletariado”, que, cabe recordar, Marx, que no conocía las dictaduras de nuestros tiempos, utiliza recordando los gobierno extraordinarios encargados de la guerra en la antigua Roma. Ya solo estas notas iniciales bastarían para entender el valor de la obra que presentamos: un clásico indispensable a todos los luchadores sociales.  

Esta obra nace en un periodo particular para Marx y Engels y para la lucha de clases en Europa, tras la guerra de 1870/1871 entre Francia y el Reino de Prusia, núcleo de la unificación alemana. A finalizar este conflicto el pueblo de Paris se levantó para vivir la primera experiencia de gobierno revolucionario de la historia, la Comuna de París. En pocas semanas el gobierno revolucionario de la Comuna abrogó el ejército regular para armar a todo el pueblo, decretó la separación entre Estado e Iglesia, la recuperación de las empresas cerradas, estableció para todo funcionario público un salario igual al de un obrero cualificado, obligó a la restitución de todo objeto empeñado, instituyó las pensiones de guerra y expropió casas vacías para los sin techo. Sin embargo la Comuna dejó que el gobierno oficial de Thiers, que había querido desarmarla, escapase a Versalles y no expropió el Banco de Francia, con lo cual dejó al viejo Estado intacto así como su poderío económico. Esto permitió que los gobiernos franceses y alemanes, hasta el día anterior enemigos en guerra, se unieran para ahogar la Comuna en la sangre.

La experiencia de la Comuna reforzó en Marx y Engels la convicción que “la clase obrera, al llegar al poder, no podía seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tenía, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento”, como subrayó Engels. Y Marx en una carta a Kugelmann de abril de 1871 escribía; “Si te fijas en el último capítulo de mi Dieciocho Brumario, verás que expongo como próxima tentativa de la revolución francesa no hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular en el continente. En esto, precisamente, consiste la tentativa de nuestros heroicos camaradas de París. Si son vencidos, la culpa será, exclusivamente, de su «buen corazón». Se debía haber emprendido sin demora la ofensiva contra Versalles, en cuanto Vinoy, y tras él la parte reaccionaria de la Guardia Nacional, huyeron de París. Por escrúpulos de conciencia se dejó escapar la ocasión. No querían iniciar la guerra civil, ¡como si Thiers no la hubiese comenzado ya cuando intentó desarmar a París! De cualquier manera, la insurrección de París, incluso en el caso de ser aplastada por los lobos, los cerdos y los viles perros de la vieja sociedad, constituye la proeza más heroica de nuestro partido desde la época de la insurrección de junio”.

Sin embargo la derrota de la Comuna provocó desmoralización en las filas de la Asociación Internacional de los Trabajadores, la primera Internacional dirigida por Marx y Engels, que ya vivía una lucha interna entre marxistas y anarquistas. Estos últimos con su lucha fraccional y sus provocaciones publicas – como el ignominioso, para decirlo con Engels, papel que tuvieron en la insurrección de Cartagena en España en verano de 1873 – atraían sobre la Internacional la represión de todos los gobiernos europeos. La Asociación resolvió, por impulso de Marx y Engels, mover su sede de Londres a Nueva York para defenderse. Fue luego disuelta por Marx y Engels para preservar su bandera.

La guerra Franco – Prusiana tuvo también otro efecto sobre una cuestión que Marx y Engels consideraban justamente decisiva para la lucha de clases en Europa: la unificación de Alemania. Contrariamente a los iniciales pronósticos de Marx y Engels, la unificación alemana no llegó por efecto de una revolución burguesa que derrocase el viejo sistema feudal, ya que la burguesía alemana era asustada ante el ejemplo de la Revolución Francesa y por el temor de no poder controlar desde arriba un movimiento revolucionario en que el proletariado jugaría un papel más destacado que medio siglo antes en Francia. Fueron los mismos señores feudales (los Junckers) quienes, entendiendo que su sistema era destinado a caer militar y económicamente ante la avanzada del capitalismo, se encargaron de reformar el Estado, dotarse de un ejército moderno constituido por los conscriptos y empezar la renovación de las estructuras económicas. Como siempre ocurre en la historia, las tareas que una clase no cumple son cargadas sobre sus hombros por otras. Otto von Bismarck, el primer ministro de Prusia, fue quien mediante la guerra y con políticas reaccionarias y populistas, dirigió este proceso hasta sus últimas consecuencias. Para precaverse ante la influencia de la burguesía liberal, Bismarck – que era expresión de las clases feudales – se apoyaba sobre el mismo movimiento obrero, haciéndole concesiones como la introducción de una primera (en ámbito capitalista) ley de pensiones y al mismo tiempo reprimiendo sus partidos más radicales.

Es en este contexto que en la ciudad de Gotha se celebra en el año 1875 el Congreso de unificación de las dos principales organizaciones del movimiento obrero alemán de aquellos tiempos; el Partido Socialdemócrata de los Trabajadores, llamado también “fracción Eisenach” del nombre de la ciudad donde se constituyó, y la Asociación General de los Obreros alemanes, llamados lassalleanos del nombre de Ferdinand Lassalle, su principal dirigente. Marx y Engels colaboraban activamente con la “fracción Eisenach” y fue a pedido de algunos de los principales dirigentes de esta que Marx escribió la Critica al programa de la unificación, el cual, en nombre de la unidad, concedía a los lassalleanos una rendición incondicional en el terreno teórico y practico.

Lassalle, que fue por breve tiempo discípulo de Marx, defendía una posición que combinaba los gérmenes del reformismo con residuos de socialismo utópico, un desenfrenado sectarismo con el más estrecho nacionalismo. Lassalle reivindicaba al Estado la formación de cooperativas a través de las cuales llegaría el socialismo; propugnaba que el objetivo del socialismo era la obtención por los trabajadores del “fruto integro del trabajo”; consideraba a las demás clase como una “masa reaccionaria” y que fuese inútil la organización sindical; reducía el internacionalismo proletario a simple “fraternización” entre los pueblos de “los países civilizados” quien debían procurar su emancipación en el marco de su propio Estado.

Los anarquistas y su dirigente Bakunin que utilizaban contra Marx cualquier contradicción en el partido alemán, la situación de reflujo internacional que imponía la más encarnizada lucha por preservar el núcleo teórico del marxismo y la importancia que Marx y Engels atribuyan a la situación en Alemania. Todo esto justifica el tono aspro de la polémica de Marx e incluso su tajante cierre final “he dicho y salvé mi alma”. Sin embargo y por estos mismos motivos es que  Marx, mientras demuele las sedicentes teorías de Lassalle mostrando su oportunista sumisión a Bismarck, escribe uno de sus clásicos en que expone de manera resumida y popular aspectos decisivos del método marxista, del programa marxista y de la concepción socialista científica de reorganización de la sociedad.

Marx y Engels eran perfectamente conscientes del entusiasmo natural que la unificación suscitaba entre los obreros alemanes. Sin embargo consideraban que en nombre de la misma se estuviese pagando un precio demasiado caro. En las dos cartas a Augusto Bebel, dirigente de la fracción Eisenach, que acompañan esta publicación, Engels explica claramente el punto de vista suyo y de Marx al propósito. En la primera escribe Engels “no hay que dejarse engañar por los gritos de «unidad». Precisamente los que más abusan de esta consigna son los primeros en provocar disensiones… Estos fanáticos de la unidad, o bien son hombres de cortos alcances que desean mezclarlo todo en una masa indefinida, a la que basta dejar que se sedimente un poco para que se exacerben aún más las contradicciones… o bien se trata de personas que, consciente o inconscientemente, quieren desvirtuar el movimiento. Por eso, los sectarios más inveterados y los peores intrigantes y aventureros son los que en ciertos momentos más ruido arman en torno a la unidad…” y “una buena táctica de propaganda no debe proponerse arrebatar aquí y allí al adversario algunos militantes aislados o algunos grupos de militantes, sino influenciar a las grandes masas que todavía no se han incorporado al movimiento. Un solo individuo arrancado por nosotros a la masa virgen vale más que diez tránsfugas lassalleanos, que siempre traen al partido gérmenes de sus concepciones erróneas”. Y es con este objetivo que publicamos esta breve obra de Marx, que no decepcionará a su lector.

Mayo de 2013

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