La “otra estrategia”: una perspectiva de clase sobre el diferendo marítimo entre Bolivia y Chile

No tenemos idea de cuál pueda ser la “otra estrategia” anunciada por Evo Morales en caso que no prospere la demanda presentada a la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Pero la misma historia desde la Guerra del Pacífico hasta las últimas evoluciones de la  demanda internacional de Bolivia, dice que es indispensable una estrategia que sea “otra” del legalismo burgués y la unidad nacional que envenena las aguas a los dos lados de la frontera con el nacionalismo más vulgar.

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En su historia de la Guerra del Pacifico – mejor dicho del Salitre – la burguesía chilena se enaltece a modelo de desarrollo para América Latina. Chile celebraba tratados con las potencias capitalistas mundiales (Inglaterra, Alemania, EEUU etc.) en “favorables condiciones de intercambio”, sentando las bases de un Estado moderno plenamente participe del foro de las “naciones civilizadas”. Chile tenía una política americanista, de “unión solidaria” entre los Estados americanos y habría sido obligado a una guerra que le costó la Patagonia, cedida a Argentina a cambio de su neutralidad en el conflicto. Bolivia cayó en una trampa tendida por la diplomacia peruana y en vez de quejarse atribuyendo a Chile su subdesarrollo debería aprender del país vecino. Un relato positivista y liberal del cual las actuales luchas de los estudiantes, la clase obrera y los movimientos indígenas y populares chilenos no dejan piedra sobre piedra.

La historiografía boliviana es en cambio empapada del “nacionalismo revolucionario” burgués. En esta óptica la guerra fue agresiva, premeditada y organizada en Londres en defensa de intereses imperialistas. Su efecto sobre Bolivia fue el de estrangular el desarrollo de nuestro país, sometiéndonos no solo a la dependencia económica del imperialismo, sino también a las presiones y las ambiciones de supremacía regional de nuestros vecinos. La Guerra del Salitre sería así el proscenio continental de la lucha entre la “nación” y la “antinación”, siendo este último el calificativo de aquellas elites que vivían su relación con el país y la Patria Grande como una prolongación de un dominio colonial encomendero ejercido por cuenta ajena. Consecuentemente la recuperación del mar sería un complemento necesario a nuestra independencia, la condición para un desarrollo independiente del país y de la acción de gobierno y por ende el prerrequisito para una verdadera integración regional, naturalmente antiimperialista.

Se trata, como visto, de tesis que son principalmente políticas antes que históricas, demostración del carácter abierto y pendiente de la cuestión. La clase obrera y los movimientos populares de Bolivia y Chile no podrían tener su propio punto de vista sin previamente contextualizar la demanda marítima en el pasado y el presente.

La Gran Depresión

Cuando el ejército chileno invadió Antofagasta, el mundo estaba inmerso en una crisis epocal del capitalismo – en muchos aspectos similar a la actual – recordada como la Gran Depresión, que duró por más de veinte años de 1873 a 1896 sentando las bases para más explosivas contradicciones. La sobreproducción industrial y agrícola, determinada por la segunda revolución industrial y el ingreso en el mercado mundial de economías entonces emergentes como Alemania o los EEUU, provocó una extensa deflación, o caída de los precios.

La ruina consecuencia de la crisis creaba monopolios y oleadas proteccionistas en remplazo de la libre competencia y el libre mercado. El capitalismo empezaba a evolucionar en su fase superior y senil imperialista, del que Lenin evidenció los rasgos decisivos: a) la elevada concentración de la producción; b) la fusión del capital bancario con el industrial y la creación de una oligarquía financiera; c) la importancia creciente de la exportación de capitales sobre la de mercancías; d) el colonialismo y la repartición del mundo entre las grandes potencias. A partir de ahí el imperialismo encaminaba la humanidad hacia la tragedia de dos Guerras Mundiales.

La Gran Depresión tuvo efectos devastadores sobre la fragilidad de los Estados nacidos del colapso del Imperio Español. Chile llegaba a la guerra con una economía ya profundamente penetrada por el imperialismo británico, su principal acreedor internacional. En 1878 el Presidente Aníbal Pinto expresaba así la conciencia de la clase dominante chilena: “La situación económica del país es muy mala y la perspectiva es de empeoramiento no de mejoría. La cosecha ha sido pésima y el precio del cobre en Europa baja como nunca… si algún descubrimiento minero o alguna otra novedad por el estilo no vienen a mejorar la situación, la crisis que de años se está sintiendo se agravará[1]”. Estas novedades fueron la Guerra del Salitre y la conquista de los territorios mapuches hipócritamente recordada como “Pacificación de la Araucanía”.

La Guerra del Salitrelongdepression

La participación del imperialismo a la Guerra del Salitre no es atestiguada solo por la participación  de capitales británicos en la Compañía del Salitre y el Ferrocarril de Antofagasta, por el servicio de escolta de buques de guerras británicos a las naves militares chilenas o la negativa a entregar empréstitos y naves a Perú, sino y principalmente por la definitiva penetración de los intereses imperialistas que después de la Guerra se adueñaron de la economía chilena expoliándola. Gracias a la depreciación de los bonos emitidos por Perú para indemnizar la expropiación de las salitreras de Tarapacá, ya en 1883 el 34% del salitre era controlado por capitales ingleses. En 1890 el 73% de las exportaciones chilenas eran hacia Inglaterra y la producción del salitre respondía a un Comité del Nitrato que funcionaba en Londres, a las dependencias del imperialismo británico.

La clase dominante chilena asociada al imperialismo hizo los intereses de este en cuanto coincidían con los suyos. A tal propósito un historiador chileno así describió las reacciones en Chile a la penetración imperialista en el periodo antes y después de la guerra:

en síntesis puede afirmarse que en Chile no llegó a plasmarse una conciencia nacional generalizada, capaz de movilizar sincronizadamente a grandes e influyentes bloques de intereses. Lejos de esto, quienes llegaron a tener esta actitud eran pocos y débiles, sobre todo si se les considera dentro del conjunto total de la vida económica. Más aún: muchos de ellos, guiados por la inmediata consideración de sus particulares intereses, asumieron una posición utilitariamente nacionalista de la que se despojaban tan pronto como sus conveniencias lo hacían aconsejable. Así se explica, por ejemplo, que muchos fundidores de cobre – que levantaron sus fundiciones como una manera de zafarse del monopolio inglés – hubieran sido partidarios de la libre internación del carbón inglés, sin considerar que con esto lesionaban la minería nacional del carbón; así se explica, también, que quienes preconizaban una política proteccionista encaminada a fomentar la producción industrial, hubiera encontrado la resistencia de mineros que favorecían la destrucción de las barreras aduaneras tanto para importar como para exportar[2]”.   

Una perspectiva internacionalista

Estas líneas dicen que, pese a divergencias de carácter transitorio, la burguesía de un país ex colonial coincide con el imperialismo tanto en el terreno concreto de intereses particulares como en el común miedo al movimiento de masas, convirtiéndose en agente nativo del imperialismo. Sin embargo el autor, historiador y militante del PC de Chile, concluye que el país “no reunía, por tanto, potencialidades para saltar – en corto tiempo – etapas que otras naciones cubrieron en siglo”, porque no existía una “conciencia nacional generalizada”. Esta concepción etapista de la historia (compartida por historiadores bolivianos de extracción marxista o seudo tal) es la expresión de una visión estrechamente nacional que tiene poco a que ver con las grandes tradiciones del movimiento socialista y comunista chileno, cuya gran influencia sobre el proletariado boliviano a principio del siglo pasado prueba que la clase obrera no tiene fronteras.

En primer lugar hay que recordar que en aquellos años futuras potencias mundiales emergían de su pasado feudal sin pasar por revoluciones burgueses clásicas como la francesa. Es el caso por ejemplo de Japón y Alemania, donde fueron los mismos elementos feudales – históricamente opuestos a la “conciencia nacional” moderna – que adoptaron el capitalismo y lo impulsaron a través del Estado para mejor defender los intereses de los grupos dominantes. La expresión de este “salto histórico” fue la permanencia de instituciones feudales como la monarquía, en Japón amantada también de cierto valor religioso, como aglutinador de la sociedad. Es la demostración de la corrección de uno de los postulados básicos de la teoría de la revolución permanente expuesta por Trotsky: las tareas históricas que una clase no cumple recaen necesariamente sobre otra, la cual última solo puede realizarlas imprimiendo a los acontecimientos el sello peculiar de sus tradiciones y organización.

Lo primero que hay que reafirmar es que un desarrollo similar en América Latina solo hubiera sido posible a partir de una efectiva unidad política del continente, liquidando los resabios de dominación colonial causa de las guerras y conflictos limítrofes que abrieron a la penetración imperialista. Que es exactamente lo contrario del rebuscar para encontrar “conciencia nacional” en países creados de la nada. Esta perspectiva a su vez solo hubiera sido posible movilizando a las fuerzas antagonistas al coloniaje y permitiéndoles liquidar definitivamente la estructura semifeudal y sus instituciones. Es una lección que vale para el presente y que tuvo una prueba indirecta en lo que ocurrió en Bolivia después de la Guerra del Pacífico.

El “amargo mar”zarate willka

La derrota en la guerra fue el pretexto para que la burguesía liberal boliviana ajustase sus cuentas con los conservadores, hacendados herederos de los “doctores de Charcas” (hoy Sucre). Para hacerlo la burguesía liberal primero enarboló el interés nacional propugnando la continuación de la Guerra con Chile y luego levanto a las masas indígenas contra los señores feudales. Guiados por la misma mezquina visión nacional y por el espíritu de autoconservación ante el desborde de la insurrección indígena, los liberales recompusieron rápidamente el bloque de la clase dominante con los conservadores.

Así a diferencia de la Guerra Civil norteamericana, la boliviana acabó abriendo el país a la inversión extranjera para modernizarlo, pero manteniendo todas las principales instituciones coloniales como el ponjeague, el ejército profesional “criollo” etc. El epilogo final de esta caricatura de revolución burguesa fue la firma del Tratado de 1904 con Chile: los mismos “guerreristas” pasaban en pocos años del ímpetu patriótico a la capitulación para vincular el país al desarrollo minero de Chile financiado por el imperialismo inglés.  

El “amargo mar” siempre movió a la sociedad boliviana, pero en esta como en otras ocasiones no siempre según los deseos de la clase dominante, que ha utilizado la reivindicación marítima para proyectar externamente las causas del subdesarrollo de Bolivia y alinear a las clases y a la opinión pública bajo el liderazgo burgués. El caso más llamativo y reciente es la misma guerra del gas de 2003, que encontró en el rechazo a un plan de canjear gas por mar con Chile el detonador para una efervescencia social con raíces más profundas.

En Bolivia somos educados desde pequeños a ir “hacia el mar”, a ver en la mediterraneidad la causa fundamental del atraso y de la dependencia económica de nuestro país. Pero esta siempre ha sido un arma de doble filo para la clase dominante. Le permitió distraer a la opinión pública de los problemas internos, como por ejemplo hizo Banzer con las negociaciones por una salida soberana al mar que llevaron al Acuerdo de Charaña de 1975, mientras el país precipitaba en una crisis económica profunda. Pero no es casualidad que el fracaso de aquellas negociaciones en 1978 haya coincidido con el último año de la dictadura banzerista. Porque despertar en las masas los sentimientos nacionales por el mar quiere decir despertar en ellas expectativas de progreso que la clase dominante boliviana no puede cumplir. Es este el punto de partida para formular una posición independiente del proletariado sobre la cuestión.

La estrategia burgués

La presentación de los alegatos a la demanda de Bolivia ante la CIJ de La Haya ha levantado el nacionalismo a los dos lados de la frontera. En Chile ha dado breve aliento a un gobierno en evidente crisis, expresión de la crisis más profunda de hegemonía de la clase dominante. La televisión chilena ha retransmitido las arengas de los abogados chilenos como si se tratara de jugadas de Arturo Vidal o Alexis Sánchez: demandan al país y hay que meterle barra desde los sofás de las casas. Bolivia se ha abanderado pendiente de los labios del ex Presidente que derrocó por neoliberal, Carlos Mesa hoy embajador de la causa marítima, mientras el gobierno apelaba a una estabilidad política que es aceptación de aún más sustanciosas concesiones a la burguesía nacional, desde la Cumbre Sembrando Bolivia hasta la presencia de latifundistas y empresarios a copar los espacios políticos del MAS, erosionando su proyecto político.

Bolivia pide a la Corte Internacional de Justicia de obligar a Chile a cumplir en un tiempo razonable y en buena fe con las reiteradas promesas de negociar una salida soberana al mar para nuestro país. ¿Es esto posible para la Corte? Es un tema que dejamos a los juristas. Lo que si sabemos y escribimos desde la presentación de la demanda de Bolivia es que ningún fallo de la Corte Internacional puede cambiar correlaciones de fuerzas o crear la voluntad política a negociar. Y para explicarlo hicimos el ejemplo de fallos de la Corte de La Haya que no tuvieron efecto alguno: contra los EEUU, sentenciados a indemnizar a Nicaragua por su financiación de los “contras”, así como contra Israel al que se le conminó la destrucción de un muro que en cambio se ha extendido encerrando por completo a la población palestina de la Franja de Gaza.

Toda la estrategia de la ofensiva diplomática y legal de Bolivia ante la Corte de La Haya tiene el mismo sello burgués que aleja aún más de las posibilidades de encontrar en Chile las fuerzas sociales vivas capaces de imponer una voluntad política de negociación. El mar en Chile hoy es privatizado, posesión de unas cuantas familias y grupos empresariales que controlan la pesca y el comercio. Contra este grupo ha ido creciendo un movimiento huelguístico explosivo entre los portuarios, que son con los mineros el sector decisivos de la clase trabajadora de Chile. Un movimiento que ni los cambios cosméticos del gobierno Bachelet, ni la incorporación del PCCh en la Nueva Mayoría, han podido frenar.

La reacción de Bolivia ante las huelgas de los portuarios así como frente a la última huelga de los funcionarios de la Aduana chilena, ha sido de elevar protestas diplomáticas por el incumplimiento del Tratado de 1904, protestas que aumentan la carga represiva sobre la clase obrera chilena. Así haciendo se defienden los intereses del gran comerciante boliviano que coinciden con los de los empresarios chilenos y convergen junto a estos con los intereses del imperialismo. Y lo peor esta política burgués sigue con el fundamental apoyo de la COB, en nombre de las mismas concepciones etapistas antes mencionadas que en una visión mecánica de la historia pasada encierran los mayores peligros para el presente.

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La COB llama a “acumular fuerzas” en defensa del proceso “democrático popular”, expresión de la etapa democrático burgués de la revolución, haciéndose muleta de la colaboración de clases. Pero una muleta nunca decide donde ir y las únicas fuerzas que acumula son las presiones que ejerce quienes se apoya en ella. Esto mientras, como dicho, en Chile se profundiza la crisis política y de hegemonía de la clase dominante y en Bolivia el “proceso de cambio” empieza a sufrir los contragolpes del no haber traspasado las fronteras de la democracia burguesa: la corrupción, la crisis económica que avanza, la necesidad de apoyarse siempre más sobre la gran burguesía nacional subordinando demandas populares que así no encuentran representación política etc.

Otra estrategia independiente de la clase obrera debe partir de las expectativas de mejoras vinculadas al tema del mar suyas y de los sectores populares. Una economía socialista democráticamente planificada solucionaría fácilmente los problemas más urgentes de estabilidad laboral, empleo digno, reequilibrio de las relaciones entre campo y ciudad, salud, vivienda e incorporación de las comunidades indígenas a la vida nacional en el pleno respeto de sus costumbres.

Una Bolivia socialista tendría un efecto electrizante sobre las movilizaciones en Chile. Una Federación Socialista entre estos países y el Perú resolvería con un apretón de manos el problema de la salida de Bolivia al mar y sería el prólogo de la revolución mundial. No hubo, no hay ni habrá ningún otro medio “legal”, burgués, que nos reporte al mar, particularmente en un contexto de crisis del capitalismo que agudiza la competencia entre naciones. Más por el contrario, la combinación entre una frustrada ofensiva diplomática por el mar, la crisis y la ausencia de alternativas puede tener, e históricamente ha tenido siempre, efectos negativos sobre la estabilidad política del país.

Cuando hablamos de “independencia político sindical” de la COB, diferentes corrientes de matriz estalinista nos agitan el espectro de la UDP, de una política opositora intransigente que conduciría al retorno de la derecha. Dejando de lado el tema de la UDP, al que dedicamos otros escritos, habría que preguntarse de un balance serio de la situación en el país y de las últimas dos elecciones, cual es la política que está realmente fungiendo de ariete de la derecha y de la burguesía nacional.

Somos plenamente conscientes que el MAS ha canalizado y fortalecido un confuso sentimiento antiimperialista, anticapitalista, antimonopólico y la concepción radical de la democracia propia de la pequeña burguesía. Pero es igualmente innegable que la política de colaboración de clases, etapista, está en cambio separando a este partido de sus bases más activas, de la juventud y del movimiento obrero. No pedimos una COB que pase por encima de la conciencia obrera anunciando que la revolución está detrás de la esquina, sino una COB que sepa prepararla combatiendo la influencia burguesa entre los trabajadores en temas como el mar y que sepa ganarse el apoyo de las masas campesinas, obreras y juveniles instando al gobierno a no tranzar con el mandato de estas y a no conciliar las demandas de los explotados con los explotadores.

No luchamos por una COB opositora sino por una COB no burocratizada, que sepa plantear su independencia sobre la base de un programa revolucionario en el que se reconozcan las más avanzadas luchas del movimiento obrero, campesino-indígena y la juventud. Una COB independiente de la colaboración de clases que luche por la auténtica defensa del proceso, completándolo con el socialismo, y sepa así ser catalizador y herramienta de las luchas obreras, populares como de las bases conscientes del mismo MAS. Es esta la lucha del momento a la cual convocamos a sumarse, para que el tema de la educación revolucionaria no sea solo la hoja de parra del oportunismo.

¡Por el retorno revolucionario al mar!

¡Por la unidad de la clase obrera boliviana y chilena!

¡Todo el apoyo a la lucha de la juventud y la clase obrera de Chile!

¡Abajo el nacionalismo burgués traicionero!

¡Por una Federación Socialista de Bolivia, Chile y Perú, prólogo de la revolución mundial!

 


[1] Salazar – Pinto, Historia contemporánea de Chile: la economía (mercado, empresarios y trabajadores), pág. 27

[2] Hernán Ramírez Necochea, Historia del imperialismo en Chile, La Habana 1966, pág. 91.