Culturas

El fenómeno de las telenovelas turcas

Un espectro se cierne sobre América Latina, el de las novelas turcas. De una cautelosa apuesta de un canal chileno, el fenómeno se ha rápidamente extendido a todo nuestro continente, y también en Bolivia, con picos de audiencia inesperados y unas cuantas polémicas sobre su origen, el podrido y opresor Estado turco de Erdogan.

sherezadeCon 150 títulos difundidos en alrededor de 75 países entre Europa del este, los Balcanes, Oriente Medio – principalmente Pakistán – América Latina y hasta las comunidades hispanas de los EEUU, Turquía se ha convertido en un exportador de primera de este tipo de contenido televisivo, con un movimiento económico estimado en unos 80 millones de dólares por año.

Al principio, incluso en Bolivia, fue Las mil y una noches. El canal Mega de Chile, su puerto de llegada a América Latina, empezó a programarlo en 2014, inicialmente a la medianoche. Pero la inesperada cantidad de trasnochados espectadores de la atormentada historia de amor entre la arquitecta Sherezade y el empresario Onur, la hizo pasar al horario central de máxima audiencia televisiva. De ahí en adelante ha sido una invasión: legiones de televidentes hispanoamericanos han empezado a familiarizarse con el té turco tomado en pequeñas tazas de vidrio y la costumbre de dejar los zapatos al entrar a la casa.

Algunos de los principales canales latinos ya han anunciado de haber adquirido los derechos de retrasmisión de otra decena de novelas turcas, en su mayoría producidas por el coloso televisivo Kanal D, parte de un más grande monopolio de la información y el entretenimiento de Turquía que incluye periódicos, revistas e incluso la CNN turca. Y una de las razones de este éxito reside en lo relativamente barato que es importar “las turcas”.

La producción de una novela latinoamericana tiene un coste entre un mínimo de 40.000 dólares hasta un máximo de 400.000 dólares por capitulo, dependiendo de la ambientación, el elenco etc. En cambio “las turcas” parten de un mínimo de 5.000 dólares a un máximo de 125.000 dólares por capitulo, así que importar lo que los expertos llaman “enlatado” – la novela doblada al español – resulta más barato que realizarla. Como se logren costes tan bajos a igualdad de calidad visual es fácil: horarios de trabajo que se extienden por todo el día hasta provocar accidentes y muertes detrás de las cámaras.

Sin embargo su disponibilidad, por sí sola, no explica el éxito de este tipo de producto entre sus destinatarios tradicionales, las clases medio bajas y el público femenino. Últimamente las telenovelas latinas han ido cambiando de patrón. Estereotipos narrativos como el amor entre el rico y la pobre o los contrastes fuertes que desarrollan la historia orientando moralmente al espectador, han mostrado sus tramas cómicas en novelas como Al fondo hay sitio.

Los éxitos más recientes fueron “narco-novelas”, pensadas originariamente para atraer al público masculino. Protagonistas de las “narco” son los malos, individualistas sin escrúpulos ni espacio para la auto-conmiseración, con una visión desencantada de la vida y una actitud proactiva hacia su propia historia. El perfil de una clase media crecida en número y capacidad de consumo, en lucha por quitarse de encima la imagen de advenediza.

Las “turcas”, en cambio, son tan conservadoras que un productor chileno las defino “ochenteras”. Sherazade se ofrece por dinero a Onur para poder operar a su hijo, y todo el drama que arranca es una tensión de y entre ambos para redimirse de este pecado original a través de un matrimonio. De igual manera la sencilla Fatmagul, violada por tres ricos jóvenes, pasará por un calvario donde el obtener justicia es un medio para ser recuperada a la institución familiar. Son frecuentes las escenas de mesas puestas bajo la supervisión de un patriarca, jefe del clan familiar al cual los personajes besan la mano según la tradición.

En Turquía estas representaciones son funcionales a la ideología conservadora del partido islamista-secular de Erdogan (AKP); un modelo de Estado en que la tradición, la religión y la familia proscriban la lucha de clases, de género y nacional en beneficio de la clase dominante. Entre los títulos de novelas turcas de los cuales se anuncia el próximo estreno en América Latina hay El Sultán sobre la vida de Solimán el Magnífico, que en el siglo XVI expandió el imperio turco otomano reformando sus leyes y en cuyo mito lejano la burguesía turca deposita la legitimidad de su posición social y sus aspiraciones imperialistas. En otra, La esposa joven, una niña es obligada a casarse con un hombre mayor, una barbarie que los guionistas ambientan en un pueblo de la minoría kurda víctima del terrorismo del Estado turco.

Los productores de novelas “turcas” fracasaron por más de seis años en su intento de penetrar el mercado latinoamericano. Que lo logren solo ahora no puede ser casual. Estas novelas exóticas ofrecen el reconforto y el anclaje cierto de la tradición a una clase media que se perdió por el camino o que no se siente protegida de una crisis que amenaza con precipitarla nuevamente hacia abajo. Es esta la novela que más nos interesa, a la cual faltan todavía sus protagonistas principales, la lucha de clases y el proletariado, y un final feliz: el derrocamiento del capitalismo.