La cuestión indígena todavía no ha alcanzado el Fondo

achacolloEl Fondo Indígena como lo conocimos ya dejó de existir. Como cuando muere un noble decaído, nadie quiere llorar públicamente su partida menos que nunca los que los que fueron arrastrados en su misma desgracia. El nuevo Fondo Indígena nace sobre las cenizas no solo de la corrupción de su predecesor sino también de toda una concepción indigenista.

La liquidación del viejo Fondo Indígena y la renuncia de sus víctimas más ilustres como la ex ministra Achacollo, podrían no alcanzarle al gobierno para quitarse la piedra más incómoda del zapato de la reelección. Las investigaciones no han acabado y algunos dirigentes involucrados en los escándalos siguen al frente de sus organizaciones, testimonio este de las dificultades tanto del MAS como del Estado de ofrecer verdaderas respuestas a las demandas indígenas.

El nuevo Fondo Indígena

El nuevo Fondo Indígena será administrado directamente por el gobierno central en coordinación con las entidades territoriales. Las organizaciones originarias escoltarán el nuevo directorio desde un Consejo Consultivo, del cual desaparecen las centrales indígenas de tierras bajas; una evidente sanción política considerando por un lado que el Consejo tendrá solo el papel de sugerir y fiscalizar proyectos productivos sin administrar su ejecución y por el otro que se incluyen a los interculturales, definidos por Evo Morales “avasalladores de tierras indígenas”.

Difícilmente esta reestructuración orgánica será garantía de transparencia en la gestión del Fondo. Como bien señala el Defensor del Pueblo, la corrupción sistémica del viejo Fondo Indígena pasaba por las manos de funcionarios públicos, técnicos, empresas contratadas y asesores políticos que en el rediseño orgánico ascienden de rango. Lo único cierto es que bajo la presión de la opinión pública y el cálculo político, el gobierno “resuelve” el escandalo dejando sin rumbo a un movimiento campesino-indígena dividido e incapaz de reacción. Es esta la más gráfica expresión de la necesidad de un balance crítico de toda la lucha nacional indígena en las últimas décadas.

La Autonomía Indígena

APGDefinimos el Fondo Indígena como una especie de “pacto fiscal” complementado con la “consulta previa” para concretar la autonomía indígena. Aunque sea correcto afirmar que el Fondo estaba diseñado para favorecer la corrupción, tanto que podemos decir que esta era su verdadero fin, es la autonomía indígena, su naturaleza y viabilidad, que queda en el banquillo de los acusados. No es casualidad que sean los indígenas del Oriente los que salen políticamente derrotados. A ellos se refería Evo Morales cuando afirmaba que los indígenas ya no son “reserva moral”, mientras se movilizaba la “reserva militar” de los ayllus del norte potosino contra la huelga de COMCIPO.

La autonomía indígena apoya en resoluciones de las Naciones Unidas y la OIT, es decir en la experiencia concreta del norte del mundo (EEUU y Canadá por ejemplo), donde los reservatorios indígenas son perfectamente funcionales al gran capital, al que ofrecen zonas francas (como con el juego al azar en los EEUU), mano de obra, una imagen de “responsabilidad social” e infinitas posibilidades – basadas en el subdesarrollo de las comunidades – de superar el ocasional obstáculo de las consultas con la corrupción y el uso del aparato estatal, tanto represivo como ideológico, enfrentando el “interés nacional” a la resistencia indígena.

Más antes de la liquidación del FONDIOC o de la represión policial en Takovo Mora, la autonomía indígena ya se demostraba funcional al mismo sistema que la amenaza a diario. El peculiar desarrollo capitalista de la agricultura del Oriente – que combina concentración de tierras para monocultivos industriales con una baja intensidad de capitales, erosión de suelos y bajos rendimientos – convierte a los indígenas ocasionalmente en obreros agrícolas y más frecuentemente en arrendadores de sus tierras, sitiando por las mismas razones sus territorios con la deforestación y la contaminación. Las instituciones del Estado burgués, que en países a capitalismo rezagado como el nuestro son elefantiásicas, burocráticas y farragosas, son las que convierte la autonomía indígena en fuente constante de corrupción.

Burguesía indígena

choletsLa autonomía nunca ha sido el único horizonte de la lucha indígena en Bolivia. Al contrario y correctamente, los indianistas aimaras y quechuas siempre vieron en esta consigna típicamente de  ONGes una maniobra para diluir en un relativismo cultural “pachamamista” la potencialidad revolucionaria indígena. Para el indianismo la descolonización es la conquista de los poderes político y económico por las mayorías indígenas. Como una vez lo dijo Constantino Lima esta corriente vio en el gobierno de Evo Morales una transición hacia un verdadero gobierno indígena.  Incluso los que no siguieron al MIP y Felipe Quispe en su ruptura definitiva con el MAS después de las modificaciones a la nueva CPE en 2008, hoy deben revisar su estrategia ante las múltiples formas de segregación racial del Estado Plurinacional, de las cuales el mismo tutelaje burocrático al nuevo Fondo Indígena es parte y que obstaculizan aquella supuesta transición.

En las corrientes menos “rurales” del indianismo se mira con interés al empoderamiento de la llamada “burguesía indígena” – en ascenso en varios sectores como el transporte, el comercio mayorista, la minería etc. – como punta de lanza de la descolonización. Esta burguesía indígena sin turbaciones de la identidad ni síndrome del buen salvaje, sería capaz de afrontar de manera madura la modernidad asimilándola y poniéndole su propio sello, como con los ya famosos “cholets”. El mismo gobierno viene mimando a esta nueva clase de diferentes maneras (defensa de la moneda nacional para defender su poder de compra en el exterior, doble régimen fiscal etc.), individuando en ella el tejido social del llamado “capitalismo andino amazónico”, es decir: la vía boliviana a un capitalismo no dependiente ni subordinado a los centros de poder mundiales.

Se trata en ambos casos de un espejismo. Por un lado la burguesía indígena sigue siendo extremadamente volátil y vulnerable socioeconómicamente como para ser base de un desarrollo independiente y con estabilidad política en el país. Cosas como el cierre dramático del 48% de las empresas de Bolivia y el paro cívico potosino lo demuestran. Por el otro lejos de resolver la cuestión indígena, esta burguesía de nuevo cuño la agudiza. Los empresarios y comerciantes quechuas y aimaras de las ciudades mantienen vínculos de parentesco ritual con sus comunidades (padrinos, pasantes etc.) que le sirven a expropiar el campesino de base de una representación propia, como se ha visto antes y después de las últimas dos rondas electorales que, aun confirmando el liderazgo del MAS, mostraron una mayor dispersión y diferenciación del voto rural.

El balance del marxismo

mariategui2Como marxistas nunca hemos defendido la consigna de la autonomía o la autodeterminación de las naciones indígenas, ni hacemos nuestra la concepción nacional-revolucionaria del indianismo. Si el fracaso del Fondo Indígena hiere a muerte la primera, la manera como la crisis capitalista mundial va paulatinamente precipitando las nuevas clases medias hacia abajo es prueba de la inviabilidad de la segunda. Menos que nunca podemos dejarnos embaucar por la supuesta presencia de un 48% de indígena en la burocracia estatal reivindicada, sin mucho fundamento, por el Vicepresidente: aunque todos los policías en Takovo Mora apellidaran Mamani, esto no suaviza la madera de sus toletes. Dentro de un Estado burgués “el indio alfabeto, al que la ciudad corrompe, se convierte regularmente en un auxiliar de los explotadores de su raza”, como escribía Mariátegui.

El pensamiento de este padre del marxismo latinoamericano es central para entender la manera del marxismo de abordar la cuestión indígena. Varios ideólogos indianistas rescataron parcialmente las observaciones de Mariátegui al que, de todas maneras, reprochaban el haber reducido el “indio” a “campesino”. El análisis de Mariátegui sobre la estrecha relación entre la opresión nacional y su forma concreta, la explotación agraria, es no solo valido sino el más útil desintoxicante frente al “pachamamismo”. Sin embargo su aporte no se limita a esto.

El núcleo central de la reflexión de Mariátegui es que la cuestión indígena no tiene solución democrática. Solo un Estado diferente, basado en la planificación democrática de los medios de producción y una democracia directa ejercida a través de asambleas y milicias populares, podrá restituir su tierra a los indígenas, evitar la corrupción y el manoseo de la burocracia como en el Fondo Indígena, relanzar a través de la libre asociación a la pequeña producción campesina liberándola de las presiones del latifundio, acabar con el racismo etc. Este es un Estado obrero, vanguardia de la revolución mundial. En levantarlo sobre las ruinas del Estado burgués, los indígenas no serán auxiliares sino auténticos protagonistas en alianza con el movimiento obrero.

Este es el balance que ofrece el marxismo. Si otros miran a la burguesía indígena, nosotros miramos al proletariado indígena es decir a los millones de indígenas expulsados de sus comunidades – cumpliendo con el sueño de la burguesía liberal “histórica” – para sentar las verdaderas bases del crecimiento de las ciudades del eje troncal. Esta es la única “integración” de la cual es capaz el capitalismo que, sin embargo, acaba por fortalecer a su propio sepulturero el cual queremos contribuir a organizar.