Al Sisi y la Revolución egipcia

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La suerte está echada. Abdel Fattah Al Sisi, comandante en jefe del ejército y Ministro de Defensa de Egipto presentó su dimisión del cargo ministerial que ocupa y anunció que se presentará como candidato a las elecciones presidenciales de las que probablemente saldrá ganador.

Sin embargo, lo que podría interpretarse como una demostración de fuerza por parte del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF), en realidad indica que Egipto continúa atrapado en las convulsiones de una crisis revolucionaria en la que ni las fuerzas revolucionarias ni la contrarrevolución son capaces de alcanzar una victoria decisiva.

A pesar de lo que a los medios de comunicación en occidente les gustaría hacer creer, Al Sisi ha gozado de un enorme apoyo popular en Egipto durante los últimos ocho meses; es decir, desde que dirigió la destitución y el arresto del ex Primer Ministro Morsi en julio del año pasado. Un año transcurrió solamente desde que la Hermandad Musulmana (HM) llegara al poder, para que el movimiento insurreccional de masas más grande de la historia egipcia dejara al descubierto el rechazo popular hacia dicho gobierno.

Ya explicamos en otra ocasión (ver Egipto: El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas y la Hermandad Musulmana - Dos caras de la reacción) que el poder estaba en realidad en manos de las masas, pero éstas no eran conscientes de ello. Por lo tanto, el movimiento no pudo, por falta de una dirección revolucionaria, conquistar el poder, derrocar el Estado capitalista y definirse en líneas de clase. Esto condujo a un vacío que fue llenado por los militares. Al Sisi apareció como portavoz de la voluntad popular y aplastó cruelmente la resistencia de la HM, desmanteló sus campamentos de protesta, y mató a cientos de simpatizantes de la HM en una sangrienta represión. En realidad, Al Sisi actuó, no en los intereses de las masas que vieron correctamente en los islamistas un peligro mortal para la revolución, sino con el fin de estabilizar la situación y evitar un movimiento abiertamente revolucionario que no solamente podría haber terminado con Morsi, sino con el sistema capitalista en su conjunto.

Desde entonces parece evidente que el SCAF controla el país, pero la situación dista mucho de estar estabilizada.

Al Sisi es el candidato designado por el Consejo Supremo y ha declarado que considera su nombramiento como un "mandato y una obligación". La Comisión Electoral Presidencial hará oficial la candidatura en pocos días, junto con la de Hamdin Sabbahi, el único candidato que ha anunciado su intención de presentarse a la Presidencia contra Al Sisi. Sabbahi surgió como el líder del movimiento nasserista en Egipto durante la lucha anti-Mubarak y ha gozado de un apoyo popular importante, pero estuvo apoyando a Al Sisi hasta hace poco tiempo, contribuyendo a la construcción del mito del nuevo Nasser. Ahora se ha movido hacia una postura de semi oposición pero su situación se ha visto debilitada.

El movimiento Tamarod, el grupo popular que condujo el levantamiento de masas revolucionario de junio del año pasado, está dividido. Mientras que un ala de la dirección ha denunciado al Consejo Supremo, el otro ha anunciado que organizará una manifestación para celebrar la candidatura de Al-Sisi, revelando así su total falta de genuina perspectiva revolucionaria.

Aunque cuenta con enormes reservas de apoyo popular, Al Sisi es todo menos un revolucionario. Cumple el papel de evitar que el movimiento revolucionario se salga de control. Desde el principio, la represión generalizada contra la HM ha conllevado una represión selectiva en contra de los elementos más avanzados del movimiento revolucionario que lucharon en las calles en contra de la HM, pero que no necesariamente confiaban en los militares.

En realidad, la campaña contra el terrorismo lanzada por el ejército a finales de julio de 2013 fue el marco para la represión. La bota militar del Estado se ha utilizado desde entonces para aplastar sistemáticamente las protestas antigubernamentales y manifestaciones, independientemente de las razones por las que se convocaban.

No sólo la HM, que oficialmente está considerada como una organización terrorista, ha sido objeto de represión – el ejemplo más reciente es la condena a muerte el pasado martes de 529 partidarios de la HM en un dudoso juicio de dos días en el que la defensa no pudo ni siquiera tomar la palabra. Durante los últimos meses, la juventud revolucionaria, periodistas independientes, disidentes académicos y trabajadores en huelga también han sido atacados. Pero el uso sistemático de la represión, sobre todo cuando fracasa durante un largo período de tiempo para evitar disturbios e inestabilidad sociales, inevitablemente se convierte en un signo de debilidad, no de fuerza.

Cuando se desplomó el levantamiento revolucionario de junio y julio de 2013, casi todo el control político quedó en manos del SCAF. Pero, si bien la destitución de Morsi en medio del apoyo popular podría caracterizarse como una victoria para los militares, también sacudió las ilusiones en la viabilidad de la democracia burguesa con los militares como meros "garantes neutrales", que era el principal objetivo de la propaganda de la burguesía liberal y del imperialismo estadounidense. Las ilusiones se disiparon muy pronto.

¿Por qué la candidatura de Al-Sisi?

El Consejo Supremo está optando por Al Sisi, pero ¿por qué? Un analista del CFR (Consejo de Relaciones Exteriores – NdE: Organización norteamericana de estudios especializada en Relaciones Exteriores de EEUU y asuntos internacionales) se preguntaba por qué el SCAF elegiría un camino tan arriesgado, jugando su carta más autoritaria – de hecho la única:

“De hecho, aunque la nominación de Sisi para la presidencia podría parecer inevitable o segura, se podría argumentar que es la creciente debilidad y nerviosismo del SCAF lo que motivó su candidatura inminente. Después de todo, dada su popularidad, Sisi podría revelarse como el próximo presidente preferido de Egipto. Las elecciones abiertas probablemente darían un triunfo aplastante a su candidato y el proceso preservaría tanto las apariencias de democracia procesal como la capacidad del Consejo Supremo para intervenir. Sin embargo, los generales eligieron a Sisi para que pusiera fin a la revolución y controlara la participación de la HM en la política.

"Pero más allá de los retratos repulsivos que ofrecen los medios estatales sobre la virilidad de Al Sisi y de egipcios desfilando con máscaras doradas de Al Sisi en la Plaza Tahrir en el tercer aniversario de la revolución el 25 de enero, la junta tiene poco con lo que construir un verdadero régimen. Sisi no tiene políticas económicas ni un programa político que ofrecer." (J. Stracher, ¿Puede un mito gobernar una nación?)

Crisis económica, huelgas y disturbios sociales

¿Así que, por qué se siente el SCAF tan presionado? El descontento social provocado por el cóctel tóxico de la crisis económica, la inflación y las condiciones de vida insoportables es imparable y resurge inevitablemente como magma en erupción.

Hace apenas tres semanas, el gobierno de Hazem Al-Beblawi – establecido después del retiro de Morsi – se derrumbó ante una ola de huelgas masivas, la más grande desde el movimiento de junio de 2013 contra Morsi. Le sustituyó un gabinete presidido por Ibrahim Mahlab (ex miembro del NDP, partido de Mubarak). En su primer discurso televisado a la nación, el nuevo Primer Ministro hizo un llamamiento al "patriotismo" de los egipcios y afirmó que ahora no es el momento de ir a la huelga sino de trabajar.

Tal llamamiento resulta patético en una situación donde acababa de terminar una huelga indefinida de 38.000 conductores de autobús la semana anterior, consiguiendo un aumento salarial de 30 dólares (aumento todavía insuficiente, que coloca el salario de un conductor de autobús en 170 dólares). Durante la huelga, se movilizó al ejército para proporcionar medios alternativos de transporte y acabar así con la lucha, pero el gobierno tuvo que ceder ante la determinación de los trabajadores. Sin embargo, cada vez que una demanda salarial es otorgada por las autoridades, pronto se ve atacada por la inflación o, a veces, las promesas no se aplican, exasperando aún más a los trabajadores. Este fue el caso, por ejemplo, de la promesa de introducir un salario mínimo de 170 dólares, cuya aplicación excluía a una enorme capa de trabajadores que se sintieron engañados.

Los trabajadores están lejos de lograr un salario mínimo, queda demostrado por el hecho de que el 40% de la población de Egipto vive con menos de 2 dólares al día.

La ola de huelga también afectó a los trabajadores de correos y a los obreros textiles, quienes organizaron una masiva huelga de 45.000 trabajadores alrededor de la fábrica Misr Spinning y Weaving Company en Mahalla, la planta más grande del país con más de 22.000 trabajadores. La huelga también afectó a los trabajadores del acero, basureros e, incluso, médicos y farmacéuticos se unieron a ella.

Las demandas más comunes planteadas, aparte de los aumentos salariales, piden procesar a los funcionarios corruptos, representación de los trabajadores en los consejos de administración de sus empresas, la reapertura de las empresas y fábricas cerradas y el reintegro de los trabajadores despedidos, junto con los pagos atrasados del reparto de ganancias.

La mitad del presupuesto del gobierno se dedica al servicio de la deuda o a los subsidios (por ejemplo en combustible), pero la escasez de gas natural está provocando apagones diarios. Se han anunciado grandes planes para proveer de viviendas nuevas, pero según la Agencia Central de Movilización Pública y Estadística (CAPMAS), entre 12 y 20 millones de personas viven en asentamientos irregulares en todo el país.

El déficit presupuestario se acerca al 14% del PIB y miles de millones de dólares procedentes del Golfo apenas repercuten en las vidas de los egipcios de a pie.

Éste es el escenario con el que tendrá que lidiar Al Sisi una vez que sea elegido. Ningún poder puede durar para siempre si las condiciones del conjunto de la población siguen siendo las mismas, y sin autoridad la espada sola no será suficiente para mantener al Consejo Supremo en el gobierno. Hasta ahora, Al Sisi se comporta como el hombre de la revolución. Ha logrado calmar el movimiento haciendo alusión a un futuro mejor bajo su mandato. "Una vez que Sisi esté en el poder, y una vez que la Hermandad sea aplastada..." ése es el mantra del SCAF. Pero ese día se acerca rápidamente y los egipcios siguen con el estómago vacío. Entonces la Revolución egipcia, una vez más, saldrá a la palestra.